Andrés Morán Prieto
BIR Nº 1 - Playa del Aaiun - Sahara A.O.E. Octubre-Desembre 1973
Regimiento Mixto de Ingenieros nº 9 Cia Mixta de Transmisiones Villa Cisneros Sahara A.O.E. Año 1974
|
Cogí el tren en Puebla de Sanabria hasta Zamora. Tuve que ir en el pasillo porque el tren bajaba lleno de gallegos y portugueses. Me presenté en la caja de reclutas, me dieron el petate y seguidamente fui a presentarme en el cuartel. Era un viernes, allí nos echaron la charla y nos dijeron que los que quisieran podían volver a sus casas y presentarse aquí el lunes a las diez de la mañana, y que los demás ya se podían quedar allí en el cuartel. Yo, después del drama de la despedida que parecía que me fuese a la guerra, opté por la segunda opción. Al poco tiempo vino a buscarme mi amigo Pepe (el Pilas). Él también estaba haciendo la mili; estaba en la residencia de oficiales de machaca con el teniente Coronel Chemeneas, muy conocido por todos los que hicieron la mili en Zamora. El Pilas me habilitó una cama en la residencia de Oficiales y así pase mis dos primeras noches, se puede decir que de militar.
El lunes cada uno con su petate, salimos del cuartel a la estación, y de allí para Madrid. En Medina del Campo nos juntamos con los de Salamanca, ellos eran veintitrés y nosotros diecisiete. Durante el trayecto no nos faltaron las botellas y botellas. Como los viejos marineros bebíamos para olvidar. De los de Salamanca había unos cuantos que llevaban una juerga y un cachondeo que no pararon hasta Madrid.
La juerga que traían, toda venía montada alrededor de un tal Julio, entre sus acompañantes, iban tres o cuatro chicas besuqueándose con él. Nosotros nos mirábamos y nos preguntábamos: “¿Quién coño será ese Julio?”. Todos llevábamos el petate vacío, pero este Julio lo llevaba repleto.
Nosotros seguimos a lo nuestro, botellita y traguito. Pienso que quizá sentíamos un poquito de envidia, la verdad es que él iba muy bien acompañado. A todos nos empezó a caer un poco gordo el tal Julio.
Por fin llegamos a Madrid. Nos llevaron al Cuartel de Transeúntes, allí nos juntamos con los de toda España. Los amigos que le acompañaban en el viaje desaparecieron, pero el tal Julio seguía disfrutando de privilegios que los demás no teníamos, por ejemplo esa primera noche al darnos las literas y las mantas llenas de pulgas, a la hora de vacunarnos y también cuando nos cortaron el pelo. A todos nos hicieron un desastre en la cabeza, pero al tal Julio le hicieron un corte de pelo a navaja como si fuera un novio y no el pringado que va a la mili.
Al día siguiente, por la mañana, nos dieron una bolsa de comida, nos formaron y nos llevaron andando hasta Getafe para coger el avión que nos llevaría al Sahara. La bolsa contenía un cuarto de pollo, un huevo duro y un chusco de pan. Muchos de nosotros las tiramos, pero luego no veas lo que nos llegamos a acordar de ella. Nos metieron en el avión y después de seis horas de vuelo llegamos al aeropuerto del Aaiún. Desde el aeropuerto nos llevaron al Bir. El viaje fue horrible, en aquellos camiones conducidos por legionarios, con los frenazos y las arrancadas que le metían. En el Bir nos formaron y nos iban llamando por el nombre, fulanito a la 1ª, menganito a la 5ª, a mí me tocó la 4ª Cia, en el 4º Barracón. Cuál fue mi sorpresa que al tío que más manía le había cogido durante estos cortos y ajetreados días, también le toco la misma compañía y el mismo barracón y por si fuera poco la misma litera. Él arriba y yo abajo. Al final no pude aguantar más y le pregunté: “¿Oye, tú quien coño eres?”. Él me contestó: “¡Ah, pero no me conoces! Soy Julio Robles, el torero”.
A partir de ese momento, y durante su corta estancia allí, nos hicimos buenos amigos, pasamos mucho tiempo juntos y de paso dimos buena cuenta de aquel petate que traía lleno de conservas i demás cosas. Por allí empezaron a pasar los del banderín de enganche, primero los Legías, después los Paracas, luego los Nómadas...
Él tenía claro lo que quería hacer, apuntarse a paracaidistas para volver a las Península a Murcia, y así poder torear. Insistió mucho en que yo le acompañara, pero como no tenía buen recuerdo del avión, decidí quedarme con lo que me había deparado el destino y así me quedé otra vez sin amigo. Nunca más volvimos a vernos, él se hizo famoso y un gran torero. Pero tuvo una cogida muy fuerte en una plaza de toros y se quedó en una silla de ruedas. A los pocos años falleció.